Los deberes profesionales olvidados.
Principales factores condicionantes
de su obligado cumplimiento
Dr. D. Laureano Saiz Moreno
Académico de Número
7 de octe de 1992
Excelentísimo Sr. Presidente. Compañeros Académicos, Señoras y Señores.
Ocupo esta Tribuna en cumplimiento de la obligada disciplina que voluntariamente ofrecí al solicitar mi ingreso en esta Docta Corporación y que después ratifiqué al leer el discurso de ingreso como Académico Numerario en la tarde del 8 de Junio de 1976.
Figura en el Artículo 20 de nuestros vigentes Estatutos: "Son deberes de los Académicos efectuar los trabajos que se les encomienden", y el 32/3, al referirse a la inauguración de cada Curso: "seguidamente el Académico Numerario a quien corresponda, por orden de antigüedad en el cargo, procederá a dar lectura al Discurso de apertura, cuya extensión no excederá de 45 minutos de duración".
Al disponerme a cumplir con esta obligación corporativa, como siempre ocurre en casos parecidos, el principal escollo fue la elección del Tema. Se me presentaban dos disyuntivas: Una de ellas era desempolvar alguna de las carpetas archivadas en mi despacho, en que he ido acumulando durante mi dilatada actividad profesional información científica, personal o ajena, que bien podía haber sido relacionada con la genética bacteriana, completando así la conferencia con que inauguré las semanas científicas en el pasado Curso, como habéis escuchado en la Memoria que acaba de leer nuestro Secretario General, que hubiera podido llevar el título "El Escherichia coli y sus fagos en las investigaciones de genética bacteriana". Pero esta idea fue desechada al interpretar fielmente el encargo de los Estatutos que esta Academia me ha encomendado ya que, a mi juicio, esta disertación debe tener un carácter más de tipo corporativo y profesional, ajustándome, además, a la definición dada de Discurso por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: "Serie de palabras y frases empleadas para manifestar lo que se piensa o escribe, de no mucha extensión, dirigida por una persona a otras, sobre una materia concreta". Fue por ello por lo que, en lugar de acudir a escudriñar en mis carpetas, lo hice en el baul de los recuerdos.
Nuestro Premio Nobel, D. Santiago Ramón y Cajal, escribió: "Dichosos los que son felices con sus recuerdos". Otros, por el contrario, se lamentan de que los ancianos dedican demasiado tiempo a esta actividad. Entre ellos don Pio Caro Baroja que considera los recuerdos como "un mal continuo de la vejez", los malos por esta condición y los buenos por perdidos, semejándolos al reuma o a la arteroesclerosis.
Un mal, dice, sin posible medicación. Incluso echa de menos la existencia de una píldora ante-recuerdos que pudiera ser adquirida en las Farmacias sin receta. A mi entender, los recuerdos no son malos, siempre que se dosifiquen, alternando con el trabajo. Y esta podría ser la píldora que solicitaba Don Pio.
Acudir a los recuerdos es como hacer examen de conciencia de nuestras actividades pasadas, y yo suelo hacerlo con frecuencia aprovechándo los cada día más prolongados insomnios. Y hoy y ahora me propongo hacerlo en voz alta ante vosotros.
En el intento de buscar entre mis recuerdos alguno que pudiera facilitarme el Tema para este discurso, surgió uno que, por su interés profesional, se transformó en lo que ahora denominan los psiquiatras "trauma". Y este era, precisamente, EL OBLIGADO CUMPLIMIENTO DE LOS DEBERES PROFESIONALES OLVIDADOS.
Pero antes de seguir adelante desarrollando este Tema, me veo obligado a hacer dos breves advertencias:
En primer lugar, pedir disculpas ya que, dada la filosofía del Tema, cuyo enunciado completo ya conoceis, necesariamente tendré que hacer referencia a alusiones que alguien pudiera interpretar como culto a la personalidad. Quiero por ello anticiparme a esta posible crítica advirtiendo que a mi edad, ya cumplidos los 86 años, no necesito hacer curriculum o intentar acumular méritos. Ni siquiera me apetece recibir alabanzas. Se tratará simplemente de un examen de conciencia en voz alta, contestándome a una pregunta que me he hecho con frecuencia: ¿Qué puede y debe hacerse en beneficio de la profesión?.
En segundo lugar, que en contra de mi costumbre de "pronunciar" las conferencias, me he de limitar a "leer" por disciplina ya que, como acabo de decir, en los Estatutos de esta Academia se establece que "el Académico de turno procederá a dar lectura...". Cuando por obligación o voluntariamente he tenido que ocupar una tribuna, he preferido exponer ideas oralmente para poder después contrastarlas en un posterior coloquio. Pero esta vez me veo obligado a leer lo que tengo escrito, aunque reconozco que, de este modo, me ha sido más fácil ajustar el tiempo para no rebasar los 45 minutos reglamentarios. Los comentarios quedarán a vuestro propio criterio, si es que algo de lo que vais a escuchar puede resultaros de interés.
Para tratar de seguir los consejos de Cicerón, cuando aconseja comenzar las conferencias justificando los temas propuestos, tengo necesidad de introducirme en el túnel del tiempo.
El día 7 de enero de 1930, a las nueve de la mañana, visitaba al Inspector Provincial de Sanidad de Ciudad Real, en su domicilio particular, que era donde tenía su oficina, para tomar posesión del cargo de Jefe de la Sección Veterinaria del Instituto de Higiene, acompañado por el Inspector Provincial de Higiene Pecuaria Don Antonio Eraña Maquivar. Casi antes de desprender la mano con la que correspondió a mi saludo, me dirigió estas palabras: "Le felicito por haber obtenido este cargo, pero no me explicó lo que un veterinario puede hacer en Sanidad".
No creo que tenga que agudizar el ingenio para haceros comprender el lamentable impacto que esto me produjo.
Llegué a Ciudad Real lleno de ilusiones, no sólo por haber conseguido este cargo por oposición, apenas cumplidos los 22 años, en reñida competencia con profesionales tan consagrados como Vidal y Munne, Carda, Respaldiza (Don Eduardo), García Bengoa y muchos más, sino por haber podido asistir en Octubre de 1929 gracias a una Beca de la Inspección General de Sanidad Veterinaria, que regentaba Don José Niceto García Armendaritz, a dos importantes reuniones científicas en donde se trataron precisamente temas directamente relacionados con lo que entonces se denominaba Sanidad Veterinaria. Me refiero a la Asamblea Veterinaria organizada con motivo de la Exposición de Sevilla, celebrada del 21 al 27 de octubre y el equivocadamente llamado Primer Congreso Nacional Veterinario (ya se había celebrado anteriormente otro, organizado por Téllez Vicen y Espejo del Rosal en 1882). El ahora mencionado tuvo lugar, coincidiendo también con un evento Internacional en Barcelona, del 21 al 27 de este mismo mes. Aprovecho la ocasión para comentar que, justamente en este año de 1992 se han celebrado en las mismas ciudades acontecimientos internacionales parecidos en los que nuestra profesión, por el contrario de lo que sucedió en 1929, ha brillado por su ausencia.
Pero volvamos a la insólita manifestación del Inspector Provincial de Sanidad y a mi réplica. Una vez escuchada esta sorprendente afirmación del que sería mi Jefe, por recaer en el Inspector Provincial de Sanidad la dirección del Instituto de Higiene, mi reacción fue enérgica, en lo que consideré como una ofensa profesional.Y sin más, eché mano a mi cartera, en donde llevaba la Real Orden número 181 de 1929 por la que se creaban las mencionadas Jefaturas de Sección y con voz enérgica y provocativa, sigilosamente frenada por mi acompañante, leí el contenido del párrafo cuarto del artículo único que literalmente decía: "Serán misiones de los veterinarios de los Institutos Provinciales de Higiene, los análisis de sustancias alimenticias de origen animal, determinadas en el Real Decreto de 22 de Diciembre de 1920, el estudio y la lucha mancomunada de las enfermedades de los animales transmisibles al hombre, los análisis clínicos de los productos patológicos de aquella procedencia y la preparación y cuidado de los animales dedicados a la experimentación y preparación de productos inmunológicos".
Fue mi primera rebeldía profesional. No tuve contestación. Tanto yo como mi compañero Eraña notamos su disgusto. Sin más nos despidió recomendándome que me trasladara al edificio del Instituto en donde me darían oficialmente posesión de mi cargo.
En el camino, como es de suponer, comentamos el incidente, prometiendo al compañero Eraña, que desde aquel momento dedicaría toda mi vida a tratar de demostrar el importante papel que nuestra profesión tenía al servicio de lo que yo ya denominaba Salud Pública, para evitar la confusión de entonces, y aún de ahora, de que sólo a una profesión, que no es la nuestra, se la responsabiliza de salvaguardar la salud de los españoles. La defensa a ultranza de esta promesa ha permanecido, originándome algunos disgustos que, por falta de tiempo, no me es posible detallar.
Confieso que esta decisión era tan sólo un propósito innominado. Lo del cumplimiento de los derechos profesionales olvidados vino tres años después. En una importante revista médica pude leer el resumen de una Conferencia que había pronunciado el Ilustre Profesor Marañón en el Centro Cultural del Ejército de la Armada y que después formaría el primer capítulo de uno de los libros que con más cariño conservo en mi biblioteca, titulado "Raiz y Decoro de España", editado en 1933 por Espasa Calpe. El capítulo se titula LOS DEBERES OLVIDADOS.
Escribió Don Gregorio entre otras cosas: "Cada persona pertenece a un grupo de individuos empeñados en una empresa común (en nuestro caso la Profesión Veterinaria) y esto obliga al cumplimiento de unos deberes en su defensa, aparte de los individuales". Por nuestra parte, muchas veces he dicho y es ahora ocasión de repetirlo, que la categoría social de nuestra profesión, tantas veces con razón exigida, tan sólo será una realidad cuando de verdad nos lo propongamos los individuos que la componemos, anteponiendo los deberes comunitarios a los individuales que, por otra parte, no son incompatibles.
Pienso, y quisiera estar equivocado, que en la actualidad existe una crisis en el cumplimiento de estos obligados deberes predominando, por el contrario, la exigencia de derechos y es por ésto, entre otras cosas, por lo que me he decidido a elegir esta preocupación como Tema.
Si de verdad queremos que la Veterinaria ocupe el papel que le corresponde en la sociedad actual, llena de inquietudes, debemos preguntarnos seriamente cuales son esos deberes profesionales y tratar de cumplirlos. En cada una de nuestras actuaciones públicas o privadas, tenemos que pensar mas en nosotros mismos, en que actuamos como miembros de una corporación y esto es aun más exigente en la nuestra por razones obvias. Ninguna ofensa mayor he recibido en mi larga vida profesional que cuando en una ocasión, después de intervenir en un debate científico relacionado con las necesarias medidas a tomar para controlar una zoonosis, uno de los asistentes, tal vez con propósito de halagarme, me dijo: "es una lástima que sólo seas veterinario".
Y pasamos a la segunda parte del enunciado del Tema de esta disertación "PRINCIPALES FACTORES CONDICIONANTES DEL OBLIGADO CUMPLIMIENTO DE LOS DEBERES PROFESIONALES". Con ello, me propongo analizar las razones, favorables o inhibitorias, que pueden influir en el cumplimiento de los denominados deberes comunitarios, tratando de ensalzar los que considero positivos e intentando con ello ganar adeptos en favor de mi temática.
Como estos deberes positivos son muchos, la limitación del tiempo disponible me obliga a seleccionarlos. Voy a comenzar por dos que considero del mayor interés. Se trata de la vocación y la ética.
La vocación supone simplemente una aptitud que se suele definir como "determinación firme en los propósitos y solidez en las metas, sin desanimarse en las dificultades, pensando que todo lo grande es hijo del esfuerzo y del renunciamiento". El que tiene voluntad es más libre, ya que puede llevar sus aspiraciones a donde más le conviene porque sabe vencer los caprichos, siendo capaz de renunciar a satisfacciones inmediatas pensando más en el futuro. Nunca he olvidado un consejo de mi padre cuando elogiaba el trabajo. En la sociedad, decía, los listos y los tontos son los menos. El éxito es para los que ponen esfuerzo en conseguirlo.
El maestro Marañón trató de justificar, con un claro ejemplo, este significado, explicando que, en general, existen tres tipos de profesionales. Unos, los malos, aquellos que sólo a regañadientes llevan a cabo la labor que se les exige para evitar ser expedientados. Otros, los buenos, los que cumplen bien sus obligaciones aunque pensando exclusivamente en su provecho personal. Y en el tercer grupo colocaba a los excelsos, los que no solamente cumplen con afán e ilusión sus obligaciones, sino que inventan nuevos deberes, sobre todo en beneficio de los demás. Estos serían los representantes de la auténtica vocación y modelo de lo que supone, a nuestro juicio, ejemplo del cumplimiento de lo que ya venimos reiteradamente denominando los deberes profesionales olvidados.
La ética puede ser considerada como parte de la filosofía que trata de las obligaciones del hombre, en este caso de los profesionales, respecto a la comunidad a que pertenecen. Vocación y ética son coherentes. A los individuos que forman parte de una comunidad, en nuestro caso la profesión veterinaria, no sólo se les debe exigir que la ejerzan, sino también que lo hagan con dignidad y, dentro de esta exigencia, nosotros añadiremos "con prioridad en el cumplimiento de los derechos profesionales olvidados". Esto supone tener fe y orgullo por pertenecer a una colectividad voluntariamente elegida. Sin vocación y ética, la ciencia más profunda se embota y se convierte en simple miscelánea.
La ética profesional brota como una flor espontánea de vocación. El profesional veterinario bien preparado en el sentido humano en integral, debe cuidar mucho de que sus actividades estén marcadas por estrictas normas éticas que sirvan de estímulo a sus compañeros y de admiración a otras profesiones afines. Y esto no es nada difícil. Se trata simplemente de utilizar una recta conciencia, ayudada de sentido común y con el complemento obligado de amor a la profesión, sin enmascaramiento de propósitos puramente individualistas.
De la ética forman parte principios tan elogiosos como "esfuerzo", "sacrificio" y "constancia", que en la actualidad, desgraciadamente, se están cambiando por lo "lúdico".
En estos tiempos demasiado materialistas, muchos profesionales se preocupan exclusivamente por un afán desmedido de cosechar dinero, del modo que sea, olvidando que es imprescindible atenerse a las reglas de la ética, anteponiendo a cualquier otro propósito el tesón y la dignidad profesional. Y no vale como disculpa el que también otros profesionales lo hacen sin que nadie se lo reproche. Los más puritanos echan de menos la existencia de unas normas deontológicas a semejanza del juramento propuesto por Hipócrates para los que se dedicaban al arte de curar que marcarán, aunque no fueran de obligado cumplimiento, las normas a seguir en relación no sólo con los deberes profesionales individuales sino también con los colectivos y que al menos sirvieran de advertencia a aquellos que con argumentos rebuscados, tratan de justificar sus intereses bastardos, contrarios a los más elementales principios de la ética profesional. Y en estas normas deontológicas debería recalcarse, además, el concepto de EFICACIA, que desgraciadamente también esta perdiendo su verdadero significado en los tiempos que corren. La historia nos da cuenta de que en la floreciente democracia griega, era práctica usual de que todos los profesionales que desempeñaban cargos públicos, dieran cuenta anualmente del cumplimiento de sus obligaciones, sometiéndose a la crítica de representantes escogidos pertenecientes a su propio colectivo profesional.
Otro importante factor, en que muchos se escudan para justificar la eximente en cumplir con los deberes profesionales es LA VEJEZ.
De la repercusión de este período de la vida y de como la han utilizado ilustres personalidades para seguir sirviendo a la comunidad y más concretamente a la profesión a la que pertenecen, tenemos muchos ejemplos que nos pueden servir de pauta ética. Recordemos por ejemplo el maravilloso libro de Don Santiago Ramón y Cajal "El mundo visto a los 80 años, impresiones de un arterioesclerótico", que fue su última publicación. Terminó de escribirlo en el mes de mayo de 1934 y falleció el 17 de octubre de ese mismo año.
Con este libro, nuestro premio Nobel intentó y consiguió comparar dos estados sociales separados por un intervalo de sesenta años, demostrando como se puede seguir trabajando aunque oficialmente se trate de anular con la jubilación la actividad creadora.
Es cierto que con la edad se van perdiendo algunas importantes facultades tanto físicas como mentales. Pero con un trabajo ordenado es fácil seguir en la brecha haciendo uso de dos recursos fundamentales: la ilusión y la tenacidad.
Otro ejemplo puede ser el de Menéndez y Pelayo. Cuando murió le faltaban sólo cuatro meses para cumplir los cien años, llegando a esa edad en plenitud del saber y del afán de enseñar.
Para Azorín, muchos justifican con la vejez la pérdida de curiosidad y sobre todo de ilusión. Recomienda salvar esta flaqueza con el firme propósito de trabajar al servicio de la sociedad sin exigir nada en compensación.
Nos contaba en uno de sus últimos artículos el recientemente fallecido Martín Descalzo, que cuando le preguntaba el Padre Llorente lo que pensaba al cumplir sus ochenta años, contestaba que todavía se podía seguir sirviendo a los necesidades y que de lo único que se lamentaba era de las incalculables horas perdidas que podía haber aprovechado en beneficio de la humanidad.
También entre nuestros compañeros veterinarios podemos exhibir algunos que han cultivado con dignidad el cumplimiento de los deberes olvidados con respecto a su profesión. Como ejemplo me permito señalar a Don Juan Morcillo y Olalla, el padre de la inspección de alimentos, que tanto prestigio ha dado a la veterinaria sanitaria, que en la actualidad se encuentra en grave peligro de que nos sea arrebatada si no nos esforzamos en defenderla sin pensar en provechos individualistas.
Don Juan, con sus libros, artículos y sobre todo con sus famosas cartas, sólo se proponía, según sus propias palabras, demostrar que correspondía a la profesión veterinaria todas las facetas de la inspección de alimentos, tanto de origen animal como vegetal. Decía convencido que "esta faceta sería la aurora que iluminaría el deseado día de la regeneración de la clase". Sin duda alguna, escribió, será el primero y más esencial escalón que debe fabricarse, que nos ha de conducir muy pronto y directamente, a la adquisición de nuestros desatendidos derechos, con la consiguiente consideración social que, por nuestra carrera y conocimientos, nos corresponde. Estas palabras, llenas de espíritu profesional, fueron escritas en 1882.
En una de sus célebres cartas, aludía a la cobardía profesional imperante. Los veterinarios, decía, o son muy inocentes o tienen poco entendimiento y ningún amor a la profesión, porque todos están sumidos en el silencio que nos mata moralmente. Han pasado muchos años pero las sugerencias de este ilustre veterinario no han perdido actualidad.
Los que han sabido sacar sentido práctico a su avanzada edad, coinciden en señalar, como fórmula mágica, la palabra ADAPTACIÓN, con el simple significado de "saber ser viejo" sin perder la ilusión, contrario al aburrimiento, que es imprescindible evitar a toda costa, y con ello al también terrible fantasma de la soledad, tan vecino a la muerte, que suele constituir obsesión en las conciencias de muchos en cuanto les llega la jubilación. Y esto ocurre no por pensar que el fin de la vida se acerca, sino más bien por sentirse olvidados, sobre todo los que, por haber alcanzado puestos importantes donde fueron frecuentemente halagados, se dan cuenta que los favorecidos ya no los recuerdan y si a alguno no pudieron complacer siguen manteniendo su enojo aprovechando cuantas ocasiones se les presenta para descalificarlo tratándolo, cuando menos, de personaje mediocre. Me gustaría que esto sirviese de reflexión para los que aún no han llegado a los temidos 65 años y ocupan cargos profesionales.
Cuando me encuentro aburrido, lo que afortunadamente aún, gracias a Dios, no es frecuente, me da por revisar las fotografías que he ido reuniendo, recuerdo de reuniones profesionales o científicas y contemplo, con mucha pena, que la mayoría de los que me acompañaban ya nos han abandonado.
¡Cuántas ilusiones desvanecidas y también ambiciones de los que su única preocupación era adquirir méritos o prebendas, el ingresar en una Academia, obtener una Cruz o poder presidir una Sociedad!.
Como resumen de estas consideraciones me atrevo a sugerir que el trabajo físico o intelectual de la vejez es lo menos aburrido y lo más higiénico que puede hacerse. Por otra parte, no debemos olvidar, cuando se entra en la senectud que Dios nos ha concedido, que hay que tomarlo como un honor y no como un castigo que se quiere eludir, haciendo muecas a la fatalidad. La vejez se debe aceptar sin ridículos pero también sin contraproducentes pretensiones disfrazadas, tomándola con sus naturales limitaciones. Es lo que Don Ramón Menénez Pidal, otro anciano ilustre, ha denominado "amabilidad de la vejez". En otras palabras "mantener la ilusión" o "soledad activa",
El SENTIDO DEL DEBER puede ser otro de los factores positivos en el cumplimiento de nuestra responsabilidad comunitaria. Tampoco se rige por normas legales exigibles sino que es consecuencia de la ética y la moral a que anteriormente nos hemos referido. Y otra vez tenemos que acudir a los saberes del maestro Marañón, que a este respecto ha dejado escrito: "Frecuentemente se discute como afrontar los deberes que nos impone la ética profesional, lo que en realidad no es otra cosa que querer esquivar su falta de decisión, para responsabilizarse en el cumplimiento de sus deberes comunitarios".
También con la enseñanza se puede contribuir al cumplimiento de los deberes profesionales olvidados. El hombre de ciencia no lo es por entero si no trata de transmitir a sus compañeros de profesión lo que él aprendió, los caminos seguidos para adquirir estos conocimientos, los escollos encontrados e incluso los errores cometidos.
En principio pensé añadir al Tema propuesto, un nuevo enunciado que se podía haber titulado "Predicando con el ejemplo", pero a última hora me dio un poco de vergüenza el dedicar unas páginas a intentar justificar que he tratado de cumplir mi promesa de hace 62 años. Prefiero dejar constancia de lo que de ello han escrito dos ilustres compañeros, ya desgraciadamente fallecidos. Me refiero a Don Félix Sanz Sánchez y a Don Rafael González Alvarez, aprovechando esta ocasión para rendirles mi más afectuoso recuerdo de cariño y admiración.
Don Félix escribió en el discurso contestación al que yo pronuncié con motivo de mi ingreso en esta Real Academia: "Saiz Moreno ha tenido y mantenido durante toda su vida profesional, una sola dedicación: la Sanidad Veterinaria, y un sólo anhelo: el Perfeccionamiento y la Grandeza de nuestra profesión. Cultivó el exotismo académico de su ciencia, dedicando parte de su vivencia científica a la enseñanza a todos los niveles. Nunca perdió la oportunidad de enseñar, de aprender enseñando, siguiendo el Lema de SABER, HACER SABER Y SABER HACER SABER. Es deseable que por muchos años mantenga este espíritu científico y profesional que siempre le ha caracterizado".
Entre mis recuerdos con más cariño conservado, se encuentra una carta escrita "de su puño y letra" por Don Rafael González Alvarez, para agradecerme el trabajo que había publicado en la revista SYVA, dedicado al merecido homenaje organizado por esta revista, que titulé "Nuevos problemas Zoonósicos y sus posibles repercusiones en la Salud Pública". La carta de referencia tiene fecha del 20 de febrero de 1976 y de ella he tomado el siguiente párrafo, cuya lectura me emocionó y lo sigue haciendo cada vez que lo vuelvo a leer: "Ha tenido el acierto de recordar aquella época del Consejo General de Colegios Veterinarios en que yo era Presidente y usted representaba a la Sanidad Veterinaria, en que hicimos la experiencia de una convivencia fraternal, con el mayor respeto a las opiniones de cada uno. Todo esto lo contemplo ahora desde este final tan inesperado de mi vida como un sueño feliz en el bregar por una veterinaria mejor en que emocionalmente estábamos empeñados. Hemos coincidido en afirmar rotundamente el papel sanitario del veterinario en el cuadro de la sanidad humana, mal comprendido por muchos de nuestros propios compañeros y por eso, no sabe cuanto celebro que en esta orientación haya alcanzado un bien ganado prestigio por su admirable tenacidad. Realmente es una vergüenza el desfase tan descomunal entre la legislación relacionada con la Zoonosis y la realidad cuantitativa de enfermedades que de día en día pasan a incrementar este tipo nosológico y hace usted bien en llamar la atención".
Y como final de este discurso, voy a permitirme hacer unas sugerencias con especial referencia a las jóvenes promociones que tal vez en demasiada cantidad se están incorporando estos últimos años a nuestra profesión, con la incertidumbre de poder encontrar un puesto para ejercerla, lo que cada día les va a resultar más difícil. ¡Otra vez la sombra tenebrosa de la plétora, que sufrieron las promociones de los años 50 y que consiguieron superar con dignidad y sentido profesional!.
Es este mi consejo: En vuestras dificultades, antes de exigir derechos a la profesión que libremente habéis elegido, debéis meditar lo que podéis y debéis hacer para engrandecerla, es decir, el cumplimiento de lo que he venido reiterada y machaconamente designando "los deberes profesionales olvidados". Quisiera, de verdad, imbuir en cada uno de vosotros el propósito que me planteé hace más de 60 años, al comienzo de mi vida profesional, y que no he olvidado ni un sólo día.
Doneidad, laboriosidad, eficacia, voluntad, entusiasmo, ética y compañerismo, pueden ser recetas válidas para afrontar con dignidad las dificultades que vais a encontrar en el desempeño de vuestras actividades profesionales. Tratar de aprovecharlas y estad seguros que lo demás os llegará por añadidura.
El crear e incentivar esta inquietud puede y debe ser una de las principales preocupaciones de nuestra Academia. Las Academias profesionales nacieron de la rebeldía de unos cuantos para oponerse al anquilosamiento de la Administración. Con valentía debemos mantener esta rebeldía, tanto en lo científico como en lo socioeconómico.
Nuestra será la responsabilidad histórica si lo que con tanto trabajo e ilusión hemos conseguido, no estamos dispuestos a defenderlo e incrementarlo, compromiso que, por otra parte, está perfectamente destacado en nuestros Estatutos.
Y eso es todo. Muchas gracias por vuestra atención.
HE DICHO.